ANIMITAS DE Fortuoso Soto 

LA VERDADERA HISTORIA DEL ANIMITA DE FORTUOSO SOTO

Cuando hablamos de animitas, nos referimos a religiosidad popular, a historias de difuntos, a milagros y agradecimientos. Las animitas que vemos en las veredas, junto a las líneas ferroviarias, a un costado de las carreteras, cumplen la función de guardar la memoria de personas que ha encontrado la muerte en trágicas circunstancias.

En Chile, este culto se expresa a lo largo de todo el territorio. Formalmente, la conforman pequeñas casitas construidas en el lugar del deceso. Las animitas surgen y se mantienen en el tiempo, de la misericordia de los familiares y devotos del fallecido. En el lugar se construye una pequeña casita que también puede llamarse templete o gruta, para guarecer el alma o ánima del difunto de las inclemencias del tiempo. Lo usual es que llevan cruces y en su interior se enciendan velas. El número de casitas puede aumentar con el paso del tiempo, en la medida que el fallecido se manifiesta milagroso ante las peticiones que hacen sus devotos.

En Puerto Montt, la animita más famosa corresponde a la de Fortuoso Soto, ubicada a un costado de la calle Las Quemas, entre Fortuoso y Los Sauces, sector que forma parte de la Población Bernardo O´Higgins. El origen de este espacio de religiosidad popular, tiene varias versiones y el nombre de la persona que está detrás de esa historia, posee también distintas denominaciones, que aclaramos en esta crónica basada en algunas fuentes judiciales y periodísticas.

A fines del siglo XIX, Puerto Montt que contaba con una población cercana a los 3.500 habitantes y era considerada por Enrique Espinoza, autor del libro “Geografía Descriptiva de la República de Chile” como «una de las ciudades más bonitas y aseadas de la República», se vio convulsionada por un homicidio cometido, en el antiguo camino hacia las localidades rurales de Alto Bonito, Lagunitas y Las Quemas.

Los sucesos se desencadenaron a las 2:00 de la madrugada del sábado 29 de abril de 1893. A esa hora, un joven campesino, oriundo de la localidad de San Ramón, ubicada en la parte norte de la isla Puluqui, retornaba a su lugar de trabajo y residencia, un campo en el sector de Alto Bonito, tras haber estado bebiendo en un bar de Puerto Montt. El caballo que montaba, se desplazaba con paso cansino por la empinada senda, mientras su jinete Fructuoso Soto Ojeda de 22 años, silbaba una melodía. Cuando el animal caminaba por un recodo del camino y estaba próximo al sector de El Cardonal, el campesino sintió un fuerte golpe en el pecho, que lo derribó de la cabalgadura. Tras caer al suelo, intentó ponerse de pie, pero nuevos golpes en distintas partes del cuerpo, lo derribaron nuevamente. Aunque el joven Fructuoso intentó poner resistencia al asalto del que era víctima, varias cuchilladas le provocaron una muerte casi inmediata y su cuerpo desangrado quedó tendido a la vera del camino, mientras los asesinos huían del lugar llevándose el caballo y algunas pertenencias de la víctima.

En la página 55 del Registro de Defunciones de la circunscripción de Melipulli (Puerto Montt) perteneciente al Departamento de Llanquihue, correspondiente al periodo (1885-1932), se lee el breve informe, correspondiente a la muerte de Fructuoso Soto Ojeda y se indica que las causas de su deceso fueron “heridas” la cual fueron comprobadas por don José María Bustamante, oficial del Registro Civil. Además, señala que el cuerpo fue sepultado en el Cementerio General de Puerto Montt.

El asesinato provocó hondo impacto en la población puertomontina, especialmente cuando tuvo conocimiento de los pormenores del suceso. La sepultación del joven campesino reunió en el camposanto a una nutrida concurrencia que se vio conmocionada al observar la tristeza de Clemente Soto y Andrea Ojeda, padres del joven campesino. Tras el sepelio, la acongojada pareja concurrió hasta el lugar donde había ocurrido el crimen e instalaron una rústica casita, donde pudiera tener refugio el alma o ánima de su amado hijo.

La investigación policial del crimen, se inició en forma inmediata y a los pocos días fueron detenidos Gaspar Aguilar, Pedro Aguilar y José Domingo Yáñez, sospechosos del asalto y crimen. Tenían un nutrido prontuario policial en la zona, con varios arrestos por robo, pero en esta ocasión la situación era grave y la acusación era por robo y homicidio. Aunque ellos alegaban inocencia, su pasado los condenaba. Tras su detención quedaron recluidos en la cárcel de Puerto Montt, que en aquella época estaba ubicada en calle Rengifo, frente a San Martín, en el lugar que hoy ocupa un centro médico.

A mediados de mayo de 1893, los imputados fueron llevados al juzgado para recibir en primera instancia la sanción penal correspondiente, sin embargo, las pruebas presentadas por la policía estaban basadas en suposiciones y en testimonios contradictorios, ante lo cual el juez Franz Schwerter Yunker, debió sobreseer temporalmente el caso, mientras no se presentasen mejores pruebas, dejando a los acusados en libertad, como se lee en la página 391, Tomo III de la Gaceta de los Tribunales correspondiente al año 1893.

Tras la correspondiente apelación a esta decisión judicial, el caso pasó a manos de la Corte de Apelaciones de Concepción que, en fallo unánime los tres jueces que la integraban: Emiliano Fuentes, Manuel Rodríguez Cisternas y R. Salas, volvieron a confirmar la resolución de primera instancia y absolvieron a los imputados, ordenando ponerlos en libertad el 29 de agosto de 1893.

De esta manera el asesinato de Fructuoso Soto, cuyo nombre derivó tras algunos años al de Fortuoso Soto, quedó impune, pero su fama de milagroso fue aumentando con el paso del tiempo y se transformó en la animita más famosa de Puerto Montt.

Juan C. Velásquez Torres

Profesor de Historia

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