Al despuntar el siglo XX Puerto Montt bordeaba los 6.000 habitantes, las calles eran de ripio transformándose en verdaderos lodazales para las épocas de lluvia y solamente el sector céntrico se encontraba iluminado por débiles faroles de sebo o parafina, que se encendían al atardecer y a las pocas horas se apagaban.

En 1905 nuestra ciudad se vio azotada por una epidemia de viruela que se extendió por todo el sur del país. La enfermedad se presentaba con dolores de cabeza, espalda, malestar general y alta fiebre; a los pocos días aparecían por todo el cuerpo unas pústulas amarillentas. Para esta enfermedad no había remedio y después de una agonía abrazadora como consecuencia de la fiebre, la persona fallecía resignadamente salvo que tuviera la fortaleza suficiente para soportar los padecimientos.

El 5 de marzo recaló en la bahía de Puerto Montt el vapor “Palena” solicitando la presencia de un médico para un marinero enfermo, en tanto el resto de la tripulación se diseminaba por bares y prostíbulos; al día siguiente, tres tripulantes cayeron enfermos diagnosticándose viruela. Inexplicablemente el barco no fue declarado en cuarentena y permaneció una semana anclado con la tripulación recorriendo la ciudad.

El 12 de marzo se registró el primer caso de viruela en la ciudad afectando a Federico Heck, días más tarde fallecían las primeras víctimas, don Amador Trujillo y la señora Marta Hernández de Vega. Ya no cabía duda alguna que se trataba de una peligrosa epidemia, pues los casos se multiplicaban rápidamente. En las primeras treinta defunciones se efectuó el correspondiente velatorio con la asistencia de familiares y vecinos, contribuyendo de esta forma a propagar la enfermedad; además, el sepulturero era un asiduo parroquiano de tabernas y lenocinios.

A fines de marzo la Municipalidad ordenó colocar una bandera blanca en todas las casas donde había enfermos y se prohibieron los velatorios con expresa indicación de sepultar en forma inmediata al difunto. El cadáver era conducido al cementerio por un individuo que, junto con tirar el carretón, debía hacer sonar una campanilla para que los transeúntes se apartaran al paso del fallecido.

Los establecimiento de enseñanza paralizaron sus actividades, el Colegio San Javier se declaró en cuarentena para evitar el contagio, no se permitía la salida de los alumnos internos como igualmente no se autorizaba la visita de familiares. Calbuco al enterarse de “la peste que diezmaba a la población de Puerto Montt” prohibió la recalada de todo barco que hubiese estado en nuestra ciudad. A pesar de las medidas adoptadas la mortalidad iba en aumento por lo cual se habilitó una fosa común para agilizar los entierros y se construyó un lazareto, en el interior del cementerio general, lugar hasta donde eran conducidos los enfermos que presentaban síntomas de viruela, junto al improvisado hospital se levantó una capilla para darles asistencia espiritual propia de un cristiano. En el lazareto los Guardianes (Carabineros) vigilaban permanentemente para evitar que aquellos con fuerzas suficientes huyeran del recinto.

Le correspondió al doctor Alberto Burdach Nicolai y al Alcalde don Cristian Brahm Sprenger enfrentar la epidemia. Considerando la ciudad de Puerto Montt y campos aledaños, se estima que la población fallecida alcanzó a las cuatrocientas personas.

César Sánchez

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